domingo, 20 de marzo de 2016

Cantar es rezar dos veces



Por Fernando Gorza

NUEVA YORK- Hace unos días regresé de mi viaje a Nueva York, una de las ciudades más fascinantes, cosmopolitas y atrapantes que conocí. La visité por primera vez siendo un niño y como un deseo que se mantuvo en el tiempo me prometí regresar para verla con otros ojos, caminarla distinto, sentirla y vivirla de una forma diferente y propia. Hoy pasados los treinta convertí el deseo en realidad.

Fueron diez días de caminar incansablemente y volverme a sorprender con sus majestuosos edificios, deslumbrarme andando sus avenidas, escuchar cientos de idiomas que se mezclan en cada esquina, recorrer sus parques, divertirme con sus personajes callejeros, visitar museos admirando obras de arte centenarias y como cierre del viaje, asistí a una misa Gospel en el corazón del Harlem, el barrio ubicado al norte de Manhattan que concentra la gran mayoria de las Iglesias que celebran la misa cantada.

Escuchar una Misa Gospel es una experiencia única. Pero vivirla, sentirla y emocionarse con esas maravillosas e impactantes voces que regalan glorias al Señor es superior. Todos aplauden, cantan y alaban. El coro entona oraciones en forma de canción y los tonos de las voces varían, suben, se elevan hasta el cielo y vuelven a bajar.

En medio de una de las canciones y luego de la homilía comencé a llorar de alegría y emoción. Volví a entender el regalo de mi fé y de ese amor infinito que no diferencia nada ni reconoce barreras. Un argentino mezclado entre hombres y mujeres de color, mejicanos, dominicanos, latinos, rusos, croatas; todos sonriendo, celebrando, compartiendo y agradeciendo el mismo regalo.
Este artículo lo escribí en diez minutos sentado en uno de los bancos de la iglesia guiado por una especie de impulso agradeciendo a Dios, como cantaba una de las coristas, “por haber vuelto a llegar a mi vida de esta forma tan particular.”

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