jueves, 16 de mayo de 2013

Atardeceres...

Durante los últimos cuatro años tuve la suerte de conocer distintos países, pisar suelos de diversos continentes, perderme en ciudades que se hicieron propias en pocos minutos, escuchar idiomas indescifrables, probar las comidas más exóticas que jamás haya imaginado y como una meta a cumplir decidí atesorar en mi interior una puesta de sol de cada uno de los destinos que visité.


El ejercicio es simple y revelador: dedicar esos treinta o cuarenta últimos minutos de luz del día en el que esa inmensa y soberbia bola de fuego comienza a abandonarnos para empezar a dar calor a otras latitudes del mundo. En ese breve lapso de tiempo acontece un silencio impredecible, respetuoso, casi mágico en el que todo calla y es en ese preciso instante que sucede el truco: podemos empezar a hablar con el corazón.


Y así va cayendo la tarde frente a la Cordillera de Sal en el desierto de Atacama. La leyenda cuenta que el rey sol coqueta todos los días en la inmensidad de las montañas chilenas. Como un abrazo eterno y amoroso las cobija de la fría nieve que vive en las alturas. Trepar la gran duna de arena es lo mínimo que uno puede hacer para estar frente a ese espectáculo maravilloso. Al llegar a lo más alto de la duna sólo hay que disfrutar hasta que el último hilo de luz refleje la gama de colores. Verdes, ocres, amarillos y grises se escapan de las montañas. A eso de las 18.20 termina la función y los aplausos coronan el romance.


Desde una de las colinas más altas de Jerusalem la postal es impactante. El atardecer en el continente asiático se mezcla con el ritmo de una ciudad en la que comulgan tres religiones, mercados, bazares abarrotados de especias, hombres fumando sus narguilas, gritos en hebreo, oraciones musulmanas que se escuchan por parlantes, sinagogas, la ciudad amurallada y sus siete puertas, el muro de los lamentos, la Vía Dolorosa, la majestuosa cúpula dorada del Domo de la Roca y con sólo correr la vista, la parte más alta de la Iglesia del Santo Sepulcro. La bajada hasta el Huerto de los Olivos regala imágenes imposibles de borrar en cada vuelta del camino.


En el continente Africano en la costa del Mar Rojo, la caída del sol en Nuweiba sobre el Golfo de Aqaba se apoya en el mar azul reflejándose en las elevaciones de Arabia Saudita. La imagen es tan extraña como llamativa. Los beduinos envueltos en túnicas blancas llamadas thawb montan sus camellos que parecen acariciar la arena. No hay ruidos, ni gritos, ni voces. Sólo el silencio del atardecer. Algo parecido ocurre al navegar el Nilo. A cada orilla del río con los últimos destellos del día se divisan palmeras, plantaciones fértiles y verdes, egipcios lavando sus ropas y ciudades que guardan los secretos más antiguos de los faraones. El Nilo es un vergel: lo que toca lo hace florecer.


Al caer la tarde, La Habana se llena de colores. El sol rojizo cae sobre las olas que golpean el Malecón. Es sábado y los cubanos pasean en familia de la mano y viven a su modo. Anhelos, ideales, música y simpatía. Mientras comienza a oscurecer algunos hablan de sueños truncados, otros de deseos alcanzados y libertades obtenidas a fuerza de bala y fusil. Buenos y malos, Fidel y “el tirano”, Cohiba original y cigarro de hoja de plátano, ron, salsa y a cada paso una pintada del Ché. Contradicciones de un país donde conviven las ansias más carnales del capitalismo junto al régimen de la revolución. De ese lado de la isla todos bailan la misma rumba.


De este lado del mundo hace poco días volví a ver un atardecer particular. Son infinitas las veces que lo viví y siempre me sorprende. Sobre la margen del arroyo de la Cruz en la localidad de Capilla del Señor a ochenta kilómetros de Buenos Aires, la puesta de sol detrás de la frondosa arboleda es única. Es un fuego que quema la vista y magnetiza. Será porque es testigo de miles de anécdotas, historias, deseos cumplidos, personas cercanas y queridas; todas vivencias muy propias que me recuerdan la importancia de uno de los tesoros más grandes que es la amistad.


Se que faltan muchos atardeceres. Quiero que sean más de lo que imagino. De distintos colores, formas, aromas, con muchos paisajes, en la montaña, el campo, el mar o en el medio de la nada. Me acuerdo de "El Principito" que con sólo correr su silla algunos pasos llegó a ver cuarenta y tres puesta de sol en un día. Tal vez de eso se trate. Tan simple como eso: de crear lazos, dejarse llevar por los sueños, contemplar el crepúsculo y vivir la vida escuchando lo que nos dice el corazón.



Fernando Gorza 16 de mayo de 2013

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