jueves, 3 de diciembre de 2009

Catamarca: el misterio de la Puna mágica


Quince kilómetros antes de la llegada a la capital provincial de San Fernando del Valle de Catamarca, la ruta nacional 38 anuncia parte de lo que vendrá. Como un acertijo que comienza a develarse, cerros y valles catamarqueños que nunca repiten sus formas, se suceden en contornos diferentes adornando el paisaje y recortando sus figuras en un cielo azul y limpio. Filas interminables de olivos, plantaciones de pimiento y nogal, cactus y árboles achaparrados, un desfile de perdices, liebres y pumas; y la sencillez de su gente hacen de esta provincia ubicada a 1.198 kilómetros de Buenos Aires un destino para descubrir y recorrer. Postales diferentes que ofrece el noroeste argentino.

Sebastián Madina, responsable de La Lunita, operador turístico que trabaja diferentes destinos de Catamarca, explica que “el valle central de la provincia está rodeado por el cordón de Ambato, una especie de pre cordillera donde están los valles turísticos, y el de Ancasti; en medio de ellos se encuentra la Cuesta del Portezuelo”. A lo lejos aparecen los primeros techos de la ciudad, tejas rojas que se confunden con el verde de las plantaciones y el marrón de los cerros.


Londres: pueblo e historia

Llegar a Londres es encontrar el silencio pueblerino en medio de la nada, es sentir el grito de un viejo motor que no alcanza a despertar la siesta a 270 kilómetros de la capital catamarqueña. A la sombra de sus sauces, las calles se pierden en los cerros y los caminos de tierra que transportan el silencio de la zona se adueñan de la tarde.

El pueblo es el primero fundado en el territorio de Catamarca el 24 de junio de 1558 por Juan Pérez de Zurita y el segundo en el país luego de Santiago del Estero. Su geografía resguarda una población de 2.600 habitantes, sencillos pobladores que viven de la confección de telas, canastas, ollas de barro y de la producción de nuez, niña mimada del lugar.

Las historias brotan de su gente. Relatos como el de María Julia, una psicóloga tucumana que asegura haberse enamorado a primera vista. “Vine hace cuatro años y me quedé”, lanza la mujer que hoy atiende el hospedaje Las Cañas, “una casona de 1877 que recuperé del olvido”, se enorgullece a medida que avanza la charla. “Cada tanto vuelvo a mi tierra pero mire esto –apura como queriendo materializar la paz que emerge de la plaza Hipólito Yrigoyen - acá tengo todo”.

A ocho kilómetros de Londres un cartel reza: “Por milenarios y sabios los pueblos indígenas tienen mucho para comunicar al mundo”. Se trata de la Reserva Arqueológica Inca El Shincal, centro administrativo y de redistribución de riquezas que fuera construido por el imperio de origen peruano entre 1471 y 1536. Norma Gutiérrez, guía del sitio descubierto en 1901, comenta que “la cultura Inca floreció en las sierras peruanas y se expandió por Ecuador, Perú, Bolivia, Chile y Argentina sumando una superficie total de 1.700.000 Km2.”

El nombre de El Shincal proviene de una espesa vegetación con pinche llamada Shinqui. Lo que hoy se ve claramente como una ciudad Inca con dos plataformas de ceremonias de veinticinco metros de altura a las que se puede llegar subiendo unos cuarenta escalones, dos salones que se utilizaron para trabajos de alfarería y textil, la plaza principal y doce habitaciones originales de piedra sobre piedra estuvo cubierto por la mencionada planta. Sobre el tipo de construcción, Gutiérrez apunta: “los incas unían piedra con piedra. A partir de la convivencia con los aborígenes diaguitas de la zona empezaron a utilizar el barro como elemento de unión.”


Volcanes y lagunas

De los 285 Km. que separan a Belén de Antofagasta de la Sierra sólo quince son de asfalto. Luego de subir la cuesta de Belén el camino sorprende a cada segundo. Los paisajes cambian y se multiplican. La infinidad de los valles no entra en una sola mirada y la puna catamarqueña se desparrama en colores eternos y tonos profundos; formas que nunca se repiten, siempre cambian y se mimetizan. A medida que el camino avanza, la vegetación verde y tupida deja lugar a nuevas formaciones rocosas. Madina explica que “el color de los valles es por los minerales que en ellos se encuentra. El verde es óxido de cobre, el amarillo azufre y el rojo, hierro.”



Ariel Reales, un antofagasteño que va de visita a su pueblo, asegura que lo mejor esta por venir. “Esperá a pasar la Quebrada de Randolfo”, promete el hombre que durante el año trabaja en Londres como profesor de educación física. Luego de hacer una parada en San Fernando y Barranca Larga, dos pueblitos que tocan los 3.000 metros de altura sobre el nivel del mar y a los que sólo los distrae el paso del viento, la promesa se hace realidad. Dunas de arena blanca invaden el camino y custodian el paso de los pocos autos que se dirigen a Antofagasta. Volcanes acallados por el paso de los años, santuarios a la vera del camino, montañas de lava, lagunas perdidas, grupos de vicuñas y el pedregoso y árido desierto son parte importante del paisaje.

Ocho horas después de iniciado el viaje y tras pasar decenas de apachetas, montículos de piedra levantados a manera de altar ofrecidos a la Pachamama; los volcanes Antofagasta y La Alumbrera aparecen como anfitriones y funcionan como puerta de entrada a la villa. Los antofagasteños aclaran que el departamento de Antogafasta de la Sierra –que en voz quechua significa “pueblo del sol”- tiene una superficie total de 28.000 Km.2 –5.000 Km.2 más que la provincia de Tucumán- y 1.400 habitantes. Siete localidades conforman su territorio: El Peñón, La Villa de Antofagasta, Los Nacimientos, El Salar del Hombre Muerto, Antofalla y Las Quinuas. El departamento de Antofagasta limita al norte con la provincia de Salta, al oeste con la Cordillera de los Andes, al este con el departamento de Belén y al sur con el de Tinogasta.

Aníbal Vázquez, experimentado guía de montaña, comenta que “no hay una fecha exacta sobre la fundación del pueblo. Se cree que para 1816 comienzan a establecerse grupos de mineros que venían de Bolivia y del norte de Chile en busca de oro, plata y otros minerales. Más allá de la altura -3.250 metros sobre el nivel del mar- Antofagasta les habrá parecido un lugar propicio de la puna para vivir.”

Las postales de Antofagasta se reparten entre más de doscientos volcanes, lagunas de aguas cristalinas donde abundan flamencos rosados y circuitos arqueológicos como Peñas Coloradas, Campo del Toba y Real Grande, donde el arte rupestre cobra sentido y se manifiesta en farallones de cuarenta metros, paredes de piedra volcánica proveniente del volcán Galán, el más grande del mundo con 45 km. de diámetro en su cráter. Vázquez aclara que “las primeras manifestaciones de arte rupestre descubiertas son figurativas y a la vez se nos presentan como la forma de expresión indígena más definida”. Imágenes geométricas, humanas, de camellos y vicuñas que datan del 200 antes de Cristo se pueden apreciar a centímetros de distancia.



Cuando cae el sol, Antofagasta se llena de colores. El ocre de los cerros se dibuja sobre el verde de las copas de los árboles y los últimos azules del cielo se pierden en las altas nubes. “A Antofagasta hay que descubrirla”, dice Ariel Reales, el mismo que días atrás prometió paisajes diferentes. En cada tramo de cerro y en cada metro de puna se esconde parte de este misterio catamarqueño.


Mas info: La Lunita Turismo Alternativo http://www.lalunita.com.ar/ / info@lalunita.com.ar


Fernando Gorza 3 de diciembre de 2009
Fotos: La Lunita