jueves, 3 de diciembre de 2009

Catamarca: el misterio de la Puna mágica


Quince kilómetros antes de la llegada a la capital provincial de San Fernando del Valle de Catamarca, la ruta nacional 38 anuncia parte de lo que vendrá. Como un acertijo que comienza a develarse, cerros y valles catamarqueños que nunca repiten sus formas, se suceden en contornos diferentes adornando el paisaje y recortando sus figuras en un cielo azul y limpio. Filas interminables de olivos, plantaciones de pimiento y nogal, cactus y árboles achaparrados, un desfile de perdices, liebres y pumas; y la sencillez de su gente hacen de esta provincia ubicada a 1.198 kilómetros de Buenos Aires un destino para descubrir y recorrer. Postales diferentes que ofrece el noroeste argentino.

Sebastián Madina, responsable de La Lunita, operador turístico que trabaja diferentes destinos de Catamarca, explica que “el valle central de la provincia está rodeado por el cordón de Ambato, una especie de pre cordillera donde están los valles turísticos, y el de Ancasti; en medio de ellos se encuentra la Cuesta del Portezuelo”. A lo lejos aparecen los primeros techos de la ciudad, tejas rojas que se confunden con el verde de las plantaciones y el marrón de los cerros.


Londres: pueblo e historia

Llegar a Londres es encontrar el silencio pueblerino en medio de la nada, es sentir el grito de un viejo motor que no alcanza a despertar la siesta a 270 kilómetros de la capital catamarqueña. A la sombra de sus sauces, las calles se pierden en los cerros y los caminos de tierra que transportan el silencio de la zona se adueñan de la tarde.

El pueblo es el primero fundado en el territorio de Catamarca el 24 de junio de 1558 por Juan Pérez de Zurita y el segundo en el país luego de Santiago del Estero. Su geografía resguarda una población de 2.600 habitantes, sencillos pobladores que viven de la confección de telas, canastas, ollas de barro y de la producción de nuez, niña mimada del lugar.

Las historias brotan de su gente. Relatos como el de María Julia, una psicóloga tucumana que asegura haberse enamorado a primera vista. “Vine hace cuatro años y me quedé”, lanza la mujer que hoy atiende el hospedaje Las Cañas, “una casona de 1877 que recuperé del olvido”, se enorgullece a medida que avanza la charla. “Cada tanto vuelvo a mi tierra pero mire esto –apura como queriendo materializar la paz que emerge de la plaza Hipólito Yrigoyen - acá tengo todo”.

A ocho kilómetros de Londres un cartel reza: “Por milenarios y sabios los pueblos indígenas tienen mucho para comunicar al mundo”. Se trata de la Reserva Arqueológica Inca El Shincal, centro administrativo y de redistribución de riquezas que fuera construido por el imperio de origen peruano entre 1471 y 1536. Norma Gutiérrez, guía del sitio descubierto en 1901, comenta que “la cultura Inca floreció en las sierras peruanas y se expandió por Ecuador, Perú, Bolivia, Chile y Argentina sumando una superficie total de 1.700.000 Km2.”

El nombre de El Shincal proviene de una espesa vegetación con pinche llamada Shinqui. Lo que hoy se ve claramente como una ciudad Inca con dos plataformas de ceremonias de veinticinco metros de altura a las que se puede llegar subiendo unos cuarenta escalones, dos salones que se utilizaron para trabajos de alfarería y textil, la plaza principal y doce habitaciones originales de piedra sobre piedra estuvo cubierto por la mencionada planta. Sobre el tipo de construcción, Gutiérrez apunta: “los incas unían piedra con piedra. A partir de la convivencia con los aborígenes diaguitas de la zona empezaron a utilizar el barro como elemento de unión.”


Volcanes y lagunas

De los 285 Km. que separan a Belén de Antofagasta de la Sierra sólo quince son de asfalto. Luego de subir la cuesta de Belén el camino sorprende a cada segundo. Los paisajes cambian y se multiplican. La infinidad de los valles no entra en una sola mirada y la puna catamarqueña se desparrama en colores eternos y tonos profundos; formas que nunca se repiten, siempre cambian y se mimetizan. A medida que el camino avanza, la vegetación verde y tupida deja lugar a nuevas formaciones rocosas. Madina explica que “el color de los valles es por los minerales que en ellos se encuentra. El verde es óxido de cobre, el amarillo azufre y el rojo, hierro.”



Ariel Reales, un antofagasteño que va de visita a su pueblo, asegura que lo mejor esta por venir. “Esperá a pasar la Quebrada de Randolfo”, promete el hombre que durante el año trabaja en Londres como profesor de educación física. Luego de hacer una parada en San Fernando y Barranca Larga, dos pueblitos que tocan los 3.000 metros de altura sobre el nivel del mar y a los que sólo los distrae el paso del viento, la promesa se hace realidad. Dunas de arena blanca invaden el camino y custodian el paso de los pocos autos que se dirigen a Antofagasta. Volcanes acallados por el paso de los años, santuarios a la vera del camino, montañas de lava, lagunas perdidas, grupos de vicuñas y el pedregoso y árido desierto son parte importante del paisaje.

Ocho horas después de iniciado el viaje y tras pasar decenas de apachetas, montículos de piedra levantados a manera de altar ofrecidos a la Pachamama; los volcanes Antofagasta y La Alumbrera aparecen como anfitriones y funcionan como puerta de entrada a la villa. Los antofagasteños aclaran que el departamento de Antogafasta de la Sierra –que en voz quechua significa “pueblo del sol”- tiene una superficie total de 28.000 Km.2 –5.000 Km.2 más que la provincia de Tucumán- y 1.400 habitantes. Siete localidades conforman su territorio: El Peñón, La Villa de Antofagasta, Los Nacimientos, El Salar del Hombre Muerto, Antofalla y Las Quinuas. El departamento de Antofagasta limita al norte con la provincia de Salta, al oeste con la Cordillera de los Andes, al este con el departamento de Belén y al sur con el de Tinogasta.

Aníbal Vázquez, experimentado guía de montaña, comenta que “no hay una fecha exacta sobre la fundación del pueblo. Se cree que para 1816 comienzan a establecerse grupos de mineros que venían de Bolivia y del norte de Chile en busca de oro, plata y otros minerales. Más allá de la altura -3.250 metros sobre el nivel del mar- Antofagasta les habrá parecido un lugar propicio de la puna para vivir.”

Las postales de Antofagasta se reparten entre más de doscientos volcanes, lagunas de aguas cristalinas donde abundan flamencos rosados y circuitos arqueológicos como Peñas Coloradas, Campo del Toba y Real Grande, donde el arte rupestre cobra sentido y se manifiesta en farallones de cuarenta metros, paredes de piedra volcánica proveniente del volcán Galán, el más grande del mundo con 45 km. de diámetro en su cráter. Vázquez aclara que “las primeras manifestaciones de arte rupestre descubiertas son figurativas y a la vez se nos presentan como la forma de expresión indígena más definida”. Imágenes geométricas, humanas, de camellos y vicuñas que datan del 200 antes de Cristo se pueden apreciar a centímetros de distancia.



Cuando cae el sol, Antofagasta se llena de colores. El ocre de los cerros se dibuja sobre el verde de las copas de los árboles y los últimos azules del cielo se pierden en las altas nubes. “A Antofagasta hay que descubrirla”, dice Ariel Reales, el mismo que días atrás prometió paisajes diferentes. En cada tramo de cerro y en cada metro de puna se esconde parte de este misterio catamarqueño.


Mas info: La Lunita Turismo Alternativo http://www.lalunita.com.ar/ / info@lalunita.com.ar


Fernando Gorza 3 de diciembre de 2009
Fotos: La Lunita

martes, 29 de septiembre de 2009

Siete Cristos para un Dios

Dueño de una compulsión expresiva reflejada en telas y dibujos donde diversos mundos se combinan y fusionan, el artista plástico Patricio Bonta presenta Los Cristos de Bonta, una reflexión en formas y colores sobre la condición humana.

Con más de treinta años de trayectoria en la pintura y el dibujo, Patricio Bonta regresa al Centro Cultural Borges a exponer su última obra compuesta de siete Cristos crucificados pintados en acrílico sobre tela. Los siete Cristos son diferentes unos de otros pero conservan una idea tan central como antigua: la necesidad de creer en algo, condición inmanente del ser humano que en palabras del artista “nace crucificado por los dolores del mundo”.


El espectador que se acerque a la tela y se deje llevar por el recorrido pictórico percibirá los coletazos de un expresionismo abrasivo en cada pincelada. Bonta deja ver en cada trozo de tela un Cristo humano, poseedor de sentimientos, risas, preocupaciones, dolor, heridas, llanto, alegría y tristeza materializados en una puesta repleta de colores intensos y trazos enérgicos.


Una mirada aguda y detenida en los detalles invita a llegar más allá de los trajes verdes, las camisas rosas, las zapatillas deportivas, los torsos desnudos, las expresiones diversas y la ropa que llevan los Cristos. Es ésta otra oportunidad para preguntarse una vez más dónde está la esperanza, qué lugar ocupa la fé, cuáles son nuestras separaciones, si la vida está hecha de fragmentos al igual que son fragmentos desmembrados las cruces de los Cristos y en definitiva sentir que no estamos solos en la reinvención de un lenguaje universal donde presente y esperanza signifiquen una misma cosa.



Dónde: Centro Cultural Borges. Sala 32. Buenos Aires. Capital Federal.


Cuándo: Inauguración: 1 de octubre. Lunes a viernes de 10 a 21 hs. sábados y domingos de 12 a 21 hs.

Más info:
www.patriciobonta.com.ar / www.ccborges.org.ar



Fernando Gorza 29 de septiembre de 2009


jueves, 17 de septiembre de 2009

Los secretos de la cordillera

Cuesta arriba y de a caballo la inmensidad del Cerro Negro no cabe en una sola mirada. La ascensión por el “roquerío” –como llaman los vaqueanos a estas milenaria elevaciones de tierra, arbusto y roca- regala un sin fin de formas y colores a quienes se aventuren a realizar una cabalgata de seis días por la cordillera mendocino chilena durmiendo en un completo campamento de alta montaña entre parajes de gente amable, valles y montañas ocupadas por tropillas de caballos y piñones de chivos, infinitos senderos de arena blanca, glaciares; cascadas y cauces de agua pura y cristalina que llenan de vida y sentido el paisaje cuyano.

Horas antes de llegar a Las Loicas, punto de partida de la cabalgata, el tramo que va de la ciudad de San Rafael a la de Malargüe va tomando el tono propio de la región. Sobre las seis de la mañana una línea anaranjada aparece en el horizonte como primera señal del día que comienza y al costado del camino la verde planicie deja lugar a que las filas y filas de parras ganen terreno en los viñedos, plantaciones mimadas del lugar. Una hora después aparecen los primeros destellos de ciudad: casitas bajas y líneas de luces blancas.

A cabalgar

Ubicada a 100 Km. de Malargüe tomando la Ruta 40 que une La Quiaca con Tierra del Fuego y haciendo un desvío sobre la ruta provincial Nº 222 se encuentra Las Loicas, un paraje rural donde viven unas cuarenta personas como Dominga Moreno de 70 años que hace más de treinta se afincó en el lugar. “En verano florece todo y Las Loicas se llena de color. Pero en marzo empezamos a cortar la leña para poder pasar el invierno que es muy largo y frío”, aclara la mujer de ojos marrones y pelo blanco como la nieve, sentada en la sala principal de su hogar.

Con sus casas metidas entre filas de sauces y álamos y recorridas por uno de los cauces de agua pura que nace del río Grande, Las Loicas resulta el punto de partida de la cabalgata.

Pasada la primera vuelta de mates, Gustavo Oyarzabal, Director de Actividades en Mendoza de la agencia de turismo aventura Nuestra Tierra, comienza la charla introductoria con una afirmación: “la cordillera es un desierto. Por la mañana el sol puede darnos mucho calor pero a la tarde empieza a correr la brisa y a bajar la sensación térmica hasta los cero grados o menos. Vamos a rondar los 3000 metros de altura sobre el nivel del mar”.

A las palabras de Oyarzabal le sigue la presentación de Flavio Banovich y Lalo Escobar, guía de montaña y vaqueano de la zona que entregan los ponchos de agua para los momentos de lluvia y las alforjas, mochilas que se atan sobre la montura de los caballos con toda la ropa necesaria para la travesía.

Una vez que los caballos están ensillados y las mulas cargadas con los equipos y la comida necesaria para los seis días de cabalgata, empieza la aventura al tranco por una paleta de colores y paisajes tan variada y distinta que asombra a cada paso. Unas seis horas de a caballo separan las Loicas del Cajón del Trolón, base de arena blanca y fina de quebradas altas y extensas donde está ubicado el campamento de alta montaña -que en palabras de Oyarzabal- “busca satisfacer las necesidades básicas en la altura. Allí montamos dos carpas de ocho metros de largo por cuatro de ancho con luz e instalación eléctrica. Una es dormitorio con doce camas y la otra, comedor con provisiones, cocina completa y mesas.” A las comodidades se suma un vestuario con cuatro duchas de agua caliente y dos baños.

El trayecto hasta el campamento regala colores verdes y rojizos furiosos en formas de valles, cerros y montañas entre ríos y cascadas; una vegetación compuesta de coli y choique mamil, arbustos amarillos y petisos ideales para leña; pastos bajos y espacios tan cercanos como infinitos como a la vista.

La promesa de Oyarzabal de vivir una experiencia sin igual cobra vida a cada vuelta. El primer día de cabalgata hacia el campamento deslumbra en cerros de piedras volcánicas, “calles” de arena blanca, subidas y bajadas donde la fidelidad y la confianza en el animal pasan a ser la mejor forma de convivencia.

Luego de tres horas cabalgando bajo el fino y silencioso planeo de dos cóndores y la mirada curiosa de los piñones de chivos llega el descanso al pié de un manantial. Pura y fría, el agua brinda las energías necesarias para avanzar unas dos horas más hasta llegar al refugio de montaña.

Así es como con el correr de los días, al paso y sin apuro, los paisajes deslumbran al grupo. “Por donde pasa agua nace vida”, adelanta Lalo Escobar el segundo día del viaje como dando una pista del lugar a conocer. El vaqueno, de pocas palabras, rasgos fuertes y mirada penetrante, conoce los caminos a la perfección. Unas dos horas después de seguirlo como a una brújula en medio del desierto, campos verdes y florecidos aparecen en escena entre cantos de cascada y brotes de agua fresca. La Cascada del Trolón, la más caudalosa de la zona, impacta por su fuerza. A su alrededor nacen flores amarillas, rojas y violetas que se mezclan con el verde intenso de los pastos. El cuadro de toda la región se complementa con vegas, espacios verdes muy fértiles por la existencia de napas subterráneas.

Otro de los recorridos conduce al Hito de Martínez, punto limítrofe con Chile. Pasada una noche de lluvias fuertes la tercera mañana en el campamento sorprende con un grupo de nubes muy bajas que prácticamente no deja ver a más de cincuenta metros. Luego del almuerzo en el refugio, mejoran las condiciones meteorológicas y el grupo emprende la partida. Unos siete kilómetros de distancia, que se hacen en dos horas de a caballo, separan el campamento del hito.

Los campos verdes y florecidos pierden protagonismo en toda esta jornada para dejarle lugar a glaciares colgantes y ocultos. Durante el camino se repiten las imágenes: altas e imponentes paredes de piedra y bloques macizos erosionados por el viento. Cerca de los 2800 metros de altura sobre el nivel del mar y bajo montañas de arena blanca se esconden los hielos eternos del desierto cuyano. Tras pasar cuevas de hielo aparece el monolito que separa los dos países. El cartel reza “Argentina” de un lado y “Chile” del otro. Sobre tierras vecinas se extiende el camino de piedra.

El cajón de los Menucos es otro de los sitios elegidos para visitar. Luego de una de las subidas más exigentes por una de las laderas de los cerros de la zona comienza un camino casi virgen donde las únicas huellas son las de los pasos de los caballos del grupo. A este tramo árido y seco donde las piedras y la arena vuelven a ser una constante a la vista le sigue la aparición de todo lo contrario. Por sus napas subterráneas, el valle de los Menucos, es un territorio verde y fértil donde el agua pura brota a cada metro. Oyarzabal comenta que “este tipo de paisaje es muy común en la zona sur de Mendoza. En distancias cortas se mezclan suelos arenosos y áridos con paisajes muy floridos y fértiles.” Un horizonte verde se extiende ante la mirada.

A la vuelta, las nubes juegan con los picos de los cerros. El sol entra y dibuja formas increíbles. Desde el caballo y a paso lento todo vuelve a sorprender. “La subida no es igual a la bajada” dice Oyarzabal. Aunque el camino es el mismo, el paisaje cambia en el desierto mendocino. Unos metros adelante, la promesa de Lalo Escobar rompe el magnetismo de la montaña: “hoy a la noche les voy a hacer el mejor chivito mendocino”.

Después del exquisito chivito condimentado y asado a leña, viene la guitarreada y los postres elaborados por Carlos. Una cueca se escapa en la noche cuyana. “…Esperame Donosa que hei volver a Mendoza para que la vida feliz pasemos y la miremos color de rosa y la de los cerros la más hermosa por eso vuelvo a Mendoza…” canta Flavio, guía y guitarrero durante todo el viaje. Las estrellas explotan de luz en el cielo mendocino y la noche se pierde como el arrullo del cauce de un río sin voz.


Fernando Gorza 17 de septiembre de 2009

jueves, 20 de agosto de 2009

Almuerzo con historia

A 110 km de la Capital y a 10 de San Andrés de Giles, en el pueblo rural Azcuénaga, el Restaurante y Casa de Té La Porteña invita a zambullirse en un pasado de historias y anécdotas de esta casa de familia que supo ser una importante sastrería de la zona y hoy sirve fiambres, pastas y postres caseros a quien se aventure a visitar un pueblo de 350 habitantes y calles de tierra donde con sólo dar unos pasos la mirada se pierde en el horizonte.



En el salón de seis mesas, la historia de la familia de Miguel Ángel Capecci vive en las fotos de antaño, en la vitrina repleta de tazas de porcelana, candados de campo, botellones, sifones de soda y radios a válvula. Las pesadas planchas a carbón y las tijeras de sastre apoyadas sobre las largas mesas que se utilizaban para cortar las telas, decoran el ambiente y le dan sentido al pasado del lugar.

Analía Capecci, hija de Miguel Ángel, cuenta que “mi abuelo Eduardo abrió una sastrería en Azcuénaga y en 1923 compró esta casa donde se instaló a vivir y a trabajar. Mi papá siguió con la sastrería hasta que decidió cerrarla y cambiar de rubro. En 2006 comenzamos como casa de tortas y un año más tarde nos animamos con los fiambres y las pastas”.

Las palabras de Analía se vuelven reales cuando acerca a la mesa la entrada: salame casero, bondiola y matambre de pollo completan el primer plato. “El pan está horneado a leña en lo de Rossi”, apunta Miguel Ángel haciendo referencia a su vecino y pandero estrella del pueblo mientras atiende en el salón.


A las primeras delicias le siguen las creaciones de Cristina, esposa de Miguel Ángel, quien amasa tallarines, prepara ravioles y canelones caseros, y elabora los postres: flan, tiramisú, lemon pie, brownies y tortas de chocolate.

Las calles de tierra y el silencio de Azcuénaga invitan a recorrer parte de su pasado. Frente a La Porteña se levanta la vieja estación que en abril de 1880 recibió el primer tren que llegó al partido. Hoy sólo conserva el histórico edificio y un mural de adobe que evoca la llegada de aquellos inmigrantes irlandeses, españoles, italianos y franceses que arribaron a estas tierras repletos de esperanzas e ilusiones.

La capilla Nuestra Señora del Rosario, de ladrillo a la vista y ubicada en medio de la plaza ya cumplió 100 años desde que fue donada por Elena Ham, una irlandesa que dejó este legado en forma de agradecimiento. Como cada 5 de octubre, Azcuénaga rememora la primera misa celebrada ese día de 1907, con una fiesta multitudinaria de desfile de carruajes, paisanos, canto, música y danza.

Los Capecci se preparan para recibir a los que se acercan a tomar el té y a probar las tortas de Cristina. Desde cualquiera de las mesas es posible ver como cae la tarde y los árboles del monte despintan los azules en el cielo. Es cierto, Azcuénaga comienza a descansar en su silencio.



Fernando Gorza 20 de agosto de 2009
Fotos: Victoria Pietroboni

viernes, 7 de agosto de 2009

Teatro Concreto o la autonomía de la literatura


Instalado en Villa Gesell desde 1999 el Grupo Teatro Acción trabaja hace 28 años como un laboratorio de investigación teatral donde el actor sin un texto fijado inventa propuestas escénicas para que el director escriba la obra. Una dramaturgia de la creación compartida


Cinco años después de haber leído “El teatro y su doble” del dramaturgo, ensayista y poeta Antonin Artaud, Eduardo Gilio puso en marcha la idea que lo fascinó desde muy joven: fundar un grupo de teatro donde las obras representadas no surjan a partir de un texto elegido de antemano sino de la creación total del actor orientando el trabajo hacia una dimensión colectiva de búsqueda y transformación en el modo de pensar y concebir el hecho artístico.
Corría 1980 y con sólo 19 años, estudiando en la Facultad de Bellas Artes de la universidad Nacional de La Plata y empapado de de las teorías elaboradas por Konstantin Stanislavsky, Jerzy Grotowski y Peter Brook; el director de Teatro Acción comenzó, en palabras de él, a “reclutar gente que quiera y se anime a crear un nuevo teatro. Éramos doce personas que nos juntábamos todos los días a leer, explorar e investigar nuevas formas de generar un texto, crear una metodología que nos permita diferenciarnos del drama convencional.”

Cinco años fue tiempo suficiente para presentar en septiembre de 1985 “La Jaula”. La obra funcionó como puntapié inicial de la creación artística desde el concepto de teatro concreto, una metodología de trabajo independiente de un texto previamente escrito y centrada en el entrenamiento físico y mental del actor para descubrir y desarrollar las potencialidades del cuerpo y de la voz.

Para hacer más vivo el sentido del trabajo en grupo, el director decidió trasladarse a Villa Gesell en 1999 donde los siete integrantes que forman el grupo pueden convivir y desarrollarse en un ambiente de menor dispersión y mayor concentración en el proceso creativo. En la tranquilidad de la sala de la Casateatro ubicada entre los pinos de la Villa, Gilio asegura que “trabajamos con la energía de cada actor, en lo que hace y en cómo lo elabora. Mi primer trabajo es estimular a la creación, darles puntos de partida para que inventen secuencias que más tarde van a tomar forma en el montaje, momento en que las acciones dialogan, se entrelazan y nace la obra.”

Verónica Vélez, actriz que se sumó al grupo hace veinte años, grafica el proceso de teatro concreto del que habla el director. “Empezamos creando acciones para romper la propia inercia a partir de cosas que nos estimulen o nos llamen la atención. Una canción, una foto o cualquier objeto puede ser el disparador para inventar un ejercicio”. A partir de esa instancia los integrantes del grupo aprenden principios técnicos de vocalización y posturas del cuerpo y comienzan a crear secuencias de acciones que luego presentarán al director. Vélez cuenta que “para una de las primeras secuencias que inventé utilicé la guía telefónica. Tomé nombres al azar y comencé a imaginar cómo serían esas personas, sus tonos de voz, color del pelo y aptitudes
físicas.”

La Actriz verónica Vélez en su interpretación de Genoveva


A la creación de las secuencias se le suma en una segunda instancia la intervención del director. Gilio explica que trabaja con una lógica cinematográfica de montaje aprendida del cine de Eisenstein, Bergman y Fellini en la cual “voy tomando cosas de las diferentes secuencias, corto una acción y la pego con otra o bien cambio el sentido en base a lo que esa secuencia me despierta”. Asociaciones libres y motivaciones personales se hacen dueñas de esa etapa creativa. “Elijo aquello que funciona, lo que está vivo y habla del actor”, justifica Gilio. A partir de este montaje nace el texto final que conjuga palabras, música y silencios.

“Muros de espuma” es la demostración de la metodología llevada a cabo por el grupo. Luego de varias muestras en Italia, la obra nació en 1993 como la necesidad de poner en escena los resultados de la investigación, el entrenamiento y del proceso creativo instrumentado por el actor. Vélez, actriz de este trabajo y de “Elegía a Lola Mora” realiza un viaje por su biografía personal y profesional. Dividida en dos bloques de cincuenta minutos la puesta deja en claro mediante ejemplos y secuencias montadas las bases de este tipo de teatro. “Muros de espuma es la muestra del trabajo que no se ve en ningún espectáculo”, remata la artista.


Mas info: http://www.teatroaccion.com.ar/



Fernando Gorza 7 de agosto de 2009

Nada se tira todo se transforma

Ramiro Cairo, de 38 años, dedica parte de su tiempo a la música y está casado con Diana Egurza (35), editora en un canal de televisión. Anna Ayerza (32) es maquilladora y convive con Lucas Averbuj (31), iluminador y realizador de animaciones en 3D. Más allá del amor y la amistad, estas parejas tienen otras cosas en común; por lo pronto, como diría la psicóloga inglesa Margareth Boden en su libro La mente creativa, "la facultad de combinar información para obtener algo nuevo y útil". En una palabra, creatividad. Después de ocho años de conocerse, en enero último los cuatro crearon Doméstico Diseño, empresa que se dedica a recuperar artefactos de uso doméstico que quedaron olvidados en algún rincón. Cairo recuerda que, hasta entonces, "cada uno hacía cosas por su cuenta. Pero observábamos que en nuestras casas habitaban objetos que habían cumplido su ciclo útil y seguramente podrían revivir de otra manera. Tanto nos interesó el asunto que transformamos una vieja licuadora en lámpara y una tele en espejo. Ahí decidimos lanzarnos con Doméstico".



Del licuado a la luz



El primer objeto que crearon fue la Licualamp, una novedosa lámpara de mesa que utiliza las piezas originales, marca y color de la licuadora. El vaso es reemplazado por una pantalla de polipropileno, que ilumina con calidez y se adapta a todo tipo de ambientes. Acerca de la filosofía de trabajo, Averbuj apunta que "siempre tratamos de diseñar sobre la base del concepto que nos interesa transmitir. Buscamos todos esos objetos que alguna vez convivieron con nosotros, que forman parte de nuestras vidas, de nuestros recuerdos, y los recuperamos dándoles otra función, pero sin que pierdan su diseño original". Así, sus creaciones, o recreaciones, recuperan el pasado y unen generaciones. Egurza precisa que "las licuadoras representan las décadas del 40 y el 50, mientras que las televisiones remiten a las del 50 al 80. Esta coincidencia nos sorprendió y nos decidió a trabajar el concepto y a llevarlo al plano comercial". Las teles se componen de los frentes de los aparatos y conservan todos sus accesorios: perillas, logos y, en lo posible, su tono original. El tubo es reemplazado por un espejo, lo que da nacimiento a la Televisión-espejo. Otro modelo dentro del esquema pantalla chica es la Televisión-botiquín. En cuanto al origen de su materia prima, Ayerza comenta: "Recorremos las calles, las bauleras de los familiares y los volquetes. A esto lo llamamos arqueología urbana". Ella, como los demás, asegura haber desarrollado una sensibilidad especial ante lo que deja de funcionar y algunos tiran a la basura. Sus productos se comercializan en casas de decoración.




Más datos pueden obtenerse en http://www.domesticodsd.com.ar/



Fernando Gorza 7 de agosto de 2009

domingo, 2 de agosto de 2009

Teatro Ciego: La Visualización de los sentidos

Cuatro temporadas después de su primera presentación el Grupo Ojcuro de Teatro Ciego sigue cosechando éxito y aplausos. Basada en la ausencia total de la luz y en un elenco formado por cinco actores no videntes y tres videntes, “La Isla Desierta” de Roberto Arlt combina sensaciones auditivas, olfativas y táctiles. Pasen y sientan un mundo sin luz.


“Lo esencial es invisible a los ojos y en minutos descubrirán porqué”, asegura Gabriel, uno de los cinco actores no videntes del grupo, minutos antes de entrar a escena en el Centro Cultural Konex. Su afirmación invita a despertar los sentidos de una forma diferente, única y movilizadora donde la oscuridad total es la aliada perfecta para que la imaginación tome vuelo y explore lugares lejanos o desconocidos que en segundos pasarán a ser íntimos e individuales.

La promesa de Gabriel demora escasos minutos en cumplirse. Lo que queda es entregarse por completo, dejarse tomar de la mano por alguno de los actores y empezar a transitar la oscuridad. Pasos lentos y seguros sobre un terreno desconocido. La obra comienza y las imágenes mentales empiezan a cobrar vida. Se unen unas a otras, toman distancia y se vuelven a unir. Una calle de Shangai poblada de bicicletas, vendedores ambulantes y un penetrante aroma a cebolla y apio es la senda elegida para que esas imágenes se trasladen a una oficina céntrica atestada de órdenes, carpetas y papeles, y en un instante dejarse bañar por las aguas del Mar Caribe que llenan la atmósfera de olor a verano. Todos los ambientes conviven y se mezclan en un mismo espacio.

DESAFIO
José Menchaca, Director de “La isla Desierta”, explica que cuando decidió lanzarse a dirigir teatro, luego de realizar varios cortometrajes y transitar el campo de la fotografía y la pintura, eligió meterse en un mundo diferente. Las ansias de seguir recorriendo su “búsqueda artística” y la idea –en palabras de él- de “darle una vuelta más de tuerca al teatro convencional” pobló su espíritu y fue en busca de personas no videntes con ganas de actuar y conmover al espectador mediante una técnica teatral diferente y poco experimentada: el teatro ciego.

Arribar a las orillas de un método teatral virgen y listo para descubrir no fue tarea fácil. El primer paso fue encontrar personas no videntes que se animaran a actuar. Tras meses de búsqueda, la Biblioteca Argentina para Ciegos le abrió las puertas. Una convocatoria y una presentación informal bastaron para que más de veinte personas escuchen la idea. Después vino la selección de los futuros actores, los ensayos y un año después, en octubre de 2001, salir a escena.

“Lo que más me costó –confiesa Menchaca- fue enseñarle a los actores no videntes cómo hacer las cosas. El cuerpo dice mucho pero el ciego no ve, por lo tanto no sirve de nada que me mueva o gesticule para que me imiten.” La exploración del “nuevo mundo” fue reveladora y total desde el principio. “Empecé por desarrollar un discurso más fino y concreto para llegar a ellos con mayor claridad. A utilizar palabras con las que puedan interpretar a la perfección mis ideas como Director”. La voz y la palabra pasan a ser para esta técnica una herramienta fundamental. Trasladarse mentalmente de un ambiente a otro sería difícil si el actor no cambiara el ritmo en las oraciones, agudizara el tono o graduara la respiración.

Una vez clarificadas las ideas y consensuadas por el elenco llegó la hora de crear un método para que cada actor conozca a la perfección el espacio en el que se debía mover en la oscuridad total. “Empezamos por crear mapas mentales del escenario sabiendo que una vez en escena nadie podía chocarse con una silla o tropezarse con un espectador”, recuerda Menchaca. La participación de tres actores videntes significó desde el principio la colaboración y la guía permanente con el resto del grupo.

A la utilización de la voz y la palabra unida a sus múltiples connotaciones dispuestas en “mapas mentales” que hagan de brújulas a lo largo del camino, se sumó a la lista de desafíos la certeza de crear una propuesta escenográfica diferente a la convencional. Conocedor de la rapidez mental que brindan al espectador los recursos escenográficos del cine, Menchaca enfrentó la responsabilidad de crear una escenografía sonora. “El teatro tradicional es muy estático, a lo sumo cambia una o dos veces de decorado. El teatro ciego es mucho más dinámico y esa cualidad lo hace aún más intimista. Trabajamos con la ausencia total de la luz, entonces con un sonido en vivo y en un par de segundos buscamos conmover y trasladar al espectador. Darle sensaciones fuertes y cambiantes sin perder el hilo que la propia historia cuenta”, afirma el Director.

El público no sólo asiste a la obra, participa de ella completando el sentido de lo que esas sensaciones le proveen. Acompañar a los actores, ser cómplice de sus dichos, elegir a unos sobre otros o bien tomar una idea mental de cada uno de ellos para ir formando imágenes visuales de las situaciones que ofrece el relato son algunas de las posibilidades para “meterse” en el relato y acompañar al actor en la nueva experiencia teatral.

El concepto movilizador de sensaciones sobre el que trabaja y experimenta el Teatro Ciego se desprende de los labios de Tania en forma de ejemplo. La actriz no vidente asegura que “cuando actuamos, sentimos la energía positiva de la gente, están ahí viviendo ese momento con nosotros. Estar a oscuras y abierto a liberar la imaginación es una oportunidad fantástica e inagotable para pensar y salirnos de la estructura habitual”. Para ser más gráfica Tania remata: “La oscuridad nos empareja”.

“En definitiva- apunta Menchaca- la idea es contar una historia y estimular sensaciones humanas. Después cada uno intelectualiza lo que le significó un sonido, un aroma o cualquier otra sensación”.



MAS INFO
Dónde: Centro Argentino de Teatro Ciego (011) 6379-8596
Cuándo: Viernes y sábados a las 21 y a las 23
Web: http://www.teatrociego.org/




Fernando Gorza 2 de agosto de 2009