jueves, 5 de enero de 2017

Aeropuertos



Por Fernando Gorza

Foto: Florencia Olguin 


Desde que soy muy chiquito los aeropuertos despiertan en mi una felicidad dificil de explicar.

Para mi el viaje comienza en ese lugar, en ese preciso instante en que me pongo en la cola, preparo mi pasaporte y espero a que me llamen.

La mirada va y viene por los mostardores de la compañía aérea. La escena es muy parecida en todos los aeropuertos que conocí: Valijas, bolsos, ideomas distintos, alguien masticando algo antes de abordar, uno que va corriendo al baño y yo... yo esperando ese instante:...

-Alguien me llama: “Pase por favor”. Ahi voy. Identifico a la persona, agarro mi bolso y camino firme.

El diáologo con la persona que nos atiende en el mostardor de la compañía aérea también es casi siempre muy parecido en todos los casos:

-“Pasaporte por favor”
-¿A dónde viaja?
-Le puedo ofrecer ventanilla o pasillo, ¿que prefiere?
-Buen viaje señor. El embarque comienza a las 6 y cuarto por la puerta 12.
Y ahi está, ahi lo tengo. Ese cartoncito con mi nombre y apellido y el nombre de la ciudad con la que soñé durante tanto tiempo, por la que ahorré peso tras peso, de la que leí, me informé y consulté. Ahí voy....

Lo que sigue es casi de memoria: migraciones, foto, sello, una vueltita por el Free Shop y esperar hasta subir al avión... pero un rato antes aparecen las preguntas... ¿Que puerta me dijo? Voy a chequear el vuelo, no vaya a ser que... nooononononno. Ni lo digo!!! No quiero ni pensar en una demora ni en una cancelación... aparte... si el vuelo sale demorado ya me lo hubieran dicho ¿no? Ya está. Tranquilo...

Ahi la veo: puerta 12. Genial. Asiento vacío justito al lado del cartel. En un rato ya subo al avión.

Viajar en avión es transportarse en un tiempo fuera del tiempo. Es saber que en las próximas horas no hay nada mas que hacer que ver una peli, leer un poco, dormir.... o intentar dormir. Charlar con algún “vencino de ocasión” y esperar, esperar a llegar.

Viajar ese sentarse en una mesa a comer algo que tal vez nunca probamos, es salir de la vida que mas o menos tenemos armada para desarmarla y animarnos a vivir cosas nuevas, viajar es experiementar miles de cosas distintas, es hablar en otro ideoma... o al menos intentarlo; es sentir, oler, caminar, perderse, descubrir... Viajar es Vivir.

Texto: Fernando Gorza

Foto: Florencia Olguin 

domingo, 20 de marzo de 2016

Mi regalo en el mar



Por Fernando Gorza

REÑACA.- El mar Pacífico es inmenso. No entra en una solo mirada y para recorrerlo hay que hacer un esfuerzo mayor pasando la vista de un lado al otro.

El Pacífico es magnético. De sus entrañas provienen ruidos, pájaros, peces, algas, gaviotas, lobos marinos, piedras y olas que rompen en su orilla.

Es atrapante ver tanta inmensidad junta en un sólo mar, tanta agua que recorre continentes tan lejanos.

Cuando me encuentro ante estos regalos de la naturaleza pienso en otro regalo, el de mi Fé.  Ese tesoro dado gratuitamente, sin miramientos. Un regalo que no reconoce límites y que puede crecer de forma exponencial en la medida que nostros queramos poniendo nuestra confianza, voluntad y esfuerzo al servicio de Dios que siempre nos perdona y nos quiere amar.

El mar siempre me lleva a mi Fé, me traslada en su inmensidad, me recorre en su silencio, me identifica. Pienso en esa mirada inmensa como este mar, en esa palmada fraternal de mi Dios que me alienta y acompaña; que camina por la orilla a la par.

La tarde comienza a caer y yo sigo sentado en la arena agradeciendo uno de los mejores regalos en silencio y en paz.

¿Me amas mas que a estos?

Por Fernando Gorza




CAFARNAUM.- A la orilla noroeste del mar de Tiberíades se ubica una de las ciudades más amadas por Jesús. Caminar sus calles de piedra con vistas a la verde y florida Galilea es una invitación a recrear tantos milagros, tantos encuentros con sus discípulos, escuchar sus palabras que llegaron a nosotros en forma de parábolas completas de sentido y enseñanza.

Visitar Cafarnaúm y otras ciudades de Israel cambió para siempre mi vida como Cristiano. Mi viaje a Tierra Santa marcó un antes y un después. Cuando leo y escucho las lecturas de las sagradas escrituras, en pocos segundos me traslado a esos lugares. Logro volver a sentir el calor soberbio del desierto, a escuchar el apacible silencio del mar, a oler cientos de especias en los mercados de Jerusalém; vuelvo a sentir la emoción de tocar la piedra de la resurrección en el Santo Sepulcro y mi cuerpo se recoge en una noche fría y lluviosa al costado de los milenarios olivos del Huerto de Getsemaní.

Una de las tantas imágenes que conservo en mi corazón es la imagen de la estatua que se ubica al pié del Santuario Primado de Pedro en uno de los costados del Mar de Galilea. Cuando la vi por primera vez me impactó por su belleza, su expresividad y la claridad de la escena. La mano de Jesús sobre la cabeza de Pedro que lo mira arrodillado y asustado es más que significativa.
En ese brazo extendido y firme entendí la compasión del Señor que a la vez encierra ese amor que lo abarca todo, que lo perdona todo. Sin salir de su sorpresa y asombro al verlo resucitado, Pedro es interrogado por Jesús: “…¿me amas más que a estos?… Sí Señor, tu sabes que te amo…” (Jn 21 1-23).

Al releer ese pasaje de la Biblia pienso en cuántas veces esa misma pregunta se nos presenta en nuestra vida cotidiana, en un hermano que vive en calle, en un amigo que nos pide ayuda, en un familiar que necesita ser escuchado, en alguien que simplemente necesita algo de nosotros.
En cada uno de ellos tenemos una nueva, única e incomparable oportunidad de volver a amar.  

Siempre hay alguien que reza por vos



Texto y Foto por Fernando Gorza

BUENOS AIRES.- Una de las postales que regala esta ciudad es la de los artistas callejeros. Creadores por naturaleza que dejan su huella en los espacios más transitados de la urbe en todas las versiones en que puedan expresar su arte.

Aquí les dejo una de esas “obras”. La Virgen pintada con tizas de colores en la esquina de Floridad y Paraguay. Un descanso en el trajín cotiadiano del ir y venir, una especie de respiro a pasos de cafés, bancos y la Plaza San Martín.

Siempre es un buen momento para hacer una oración y saber que, como dice la inscripción sobre la mano derecha de la Virgen, “creamos o no siempre hay alguien que reza por nosotros”.

Volver a Dios




Por Fernando Gorza

CARTAGENA DE INDIAS.- Hace dos días llegué a esta hermosa ciudad de balcones de madera desbordantes de flores de colores, calles adoquinadas para caminar sin prisa y plazas arboladas con palmeras bien altas que resguardan el fresco del Mar Caribe.

Tras sus murallas, la ciudad se transforma en miles de experiencias para vivir y recordar. Las caminatas diarias regalan anécdotas de piratas y conquista desde su fundación en 1533, agradables charlas con los vendedores ambulantes que ofrecen miles de recuerdos de esta tierra colombiana, visitas a casas de familia y conventos que hoy son edificios públicos que resguardan parte del pasado cartagenero; la posibilidad de subir a una Chiva, un simpático colectivo abierto de madera, y como parte de la recorrida, la invitación a entrar a varias de las Iglesias que van apareciendo a cada paso.
A la vuelta de una de las esquinas de la ciudad amurallada me encontré con la inmensa puerta color ocre de la Parroquia San Pedro Claver enmarcada en una pared blanca y rugosa, en honor a quien fuera uno de los Misioneros y Sacerdotes Jesuitas nacido en 1580 que se ocupó de aliviar las penas de los esclavos negros. Tanto se dedicó a ellos que se hizo llamar el “esclavo de los negros”.

Lo que más me llamó la atención fue una de las láminas de la cartelera y la capacidad de síntesis y claridad para destacar la importancia de la Cuaresma. Recordé las palabras del Papa Francisco de su mensaje Fortalezcan sus corazones (St 5,8): “La Cuaresma es un tiempo de renovación para la iglesia, para las comunidades y para cada creyente. Pero sobre todo es un tiempo de gracia (2 Co 6,2). Dios no nos pide nada que no nos haya dado antes: “Nosotros amemos a Dios porque el nos amó primero” (1 Jn 4,19). Él no es indiferente a nosotros. Está interesado en cada uno de nosotros, nos conoce por nuestro nombre, nos cuida y nos busca cuando lo dejamos. Cada unos de nosotros le interesa; su amor le impide ser indiferente a lo que nos sucede”.


En ese cartel escrito a mano alzada a la salida de la Parroquia entendí la importancia de tantos momentos que como Cristianos elegimos vivir y decidimos transitar para que en nuestro recorrido y luego de dedicarnos a la oración, a la reflexión y siendo protagonistas de nuestra verdadera conversión podamos llegar a ese “Volver a Dios”.


Un puente de Amor



Por Fernando Gorza


Fotos: Florencia Olguín

SAN ANTONIO DE ARECO.- Y un sábado a la tarde vuelve a ocurrir… Nace una nueva unión para siempre. Se empieza a edificar un puente de amor sobre pilotes fuertes a prueba de tormentas y vientos y el comienzo queda marcado en la Iglesia San Antonio de Padua de esta hermosa y pintoresca localidad de la Provincia de Buenos Aires.

 Paseando por el Pueblo me encontré con los invitados, elegantes y presurosos, acercándose a la Iglesia. El coro ensayando me dió una pista de lo que iba a ocurrir. Luego de almorzar en uno de los “boliches” de la plaza volví a la Iglesia. Todo estaba en marcha. El Ave María, siempre hermoso y emocionante, sellaba para siempre el comienzo de muchos sueños, renovadas ilusiones y la agradable sensación de esos novios de comenzar juntos a andar un nuevo camino.



Cantar es rezar dos veces



Por Fernando Gorza

NUEVA YORK- Hace unos días regresé de mi viaje a Nueva York, una de las ciudades más fascinantes, cosmopolitas y atrapantes que conocí. La visité por primera vez siendo un niño y como un deseo que se mantuvo en el tiempo me prometí regresar para verla con otros ojos, caminarla distinto, sentirla y vivirla de una forma diferente y propia. Hoy pasados los treinta convertí el deseo en realidad.

Fueron diez días de caminar incansablemente y volverme a sorprender con sus majestuosos edificios, deslumbrarme andando sus avenidas, escuchar cientos de idiomas que se mezclan en cada esquina, recorrer sus parques, divertirme con sus personajes callejeros, visitar museos admirando obras de arte centenarias y como cierre del viaje, asistí a una misa Gospel en el corazón del Harlem, el barrio ubicado al norte de Manhattan que concentra la gran mayoria de las Iglesias que celebran la misa cantada.

Escuchar una Misa Gospel es una experiencia única. Pero vivirla, sentirla y emocionarse con esas maravillosas e impactantes voces que regalan glorias al Señor es superior. Todos aplauden, cantan y alaban. El coro entona oraciones en forma de canción y los tonos de las voces varían, suben, se elevan hasta el cielo y vuelven a bajar.

En medio de una de las canciones y luego de la homilía comencé a llorar de alegría y emoción. Volví a entender el regalo de mi fé y de ese amor infinito que no diferencia nada ni reconoce barreras. Un argentino mezclado entre hombres y mujeres de color, mejicanos, dominicanos, latinos, rusos, croatas; todos sonriendo, celebrando, compartiendo y agradeciendo el mismo regalo.
Este artículo lo escribí en diez minutos sentado en uno de los bancos de la iglesia guiado por una especie de impulso agradeciendo a Dios, como cantaba una de las coristas, “por haber vuelto a llegar a mi vida de esta forma tan particular.”